Durante décadas el relato dominante fue «la civilización nace en Mesopotamia y se difunde hacia una Europa atrasada que llega tarde». Los hallazgos de la última década lo están desmontando pieza a pieza. En Ucrania, los megasites de la cultura Trypillia —Nebelivka llega a 238 hectáreas, con miles de casas en círculos concéntricos— son contemporáneos o incluso anteriores a las primeras fases urbanas de Uruk, la referencia mesopotámica clásica. En Bulgaria, la necrópolis de Varna guarda el oro trabajado más antiguo del mundo, en tumbas de hace 6.600 años que demuestran jerarquía social y riqueza individual mucho antes de lo que se creía posible sin un «estado». Y en Valencina de la Concepción (Sevilla), el taller de marfil más antiguo de Europa trabajaba tanto marfil africano como asiático, junto a ámbar procedente del Báltico — una red comercial de miles de kilómetros para una sociedad del III milenio a.C. sin escritura ni estado.
El propio origen de nuestra especie también se ha movido: los fósiles de Jebel Irhoud (Marruecos), de 300.000 años, retrasan el origen de Homo sapiens en 100.000 años y sustituyen el viejo modelo de una única cuna del este de África por uno «panafricano». Y en la cueva de Denísova, en Siberia, se identificó un tercer linaje humano —los denisovanos— que se cruzó tanto con neandertales como con sapiens, cuya huella genética sigue hoy en poblaciones de Asia y Oceanía.

El arte más antiguo tampoco es europeo: una pintura de un jabalí en Sulawesi (Indonesia), datada en al menos 45.500 años, es más antigua que cualquier arte figurativo de Chauvet o Lascaux. Y en Turquía, los templos de Göbekli Tepe invierten el orden clásico del Neolítico: son anteriores a la agricultura, no posteriores, lo que sugiere que fue la necesidad de reunirse en torno a creencias compartidas lo que empujó hacia el asentamiento, y no al revés.
El capítulo más cercano a casa: un estudio genómico de 2019 (Science) mostró que en apenas unas generaciones, entre el 2.500 y el 2.000 a.C., más del 40% de la ascendencia y casi el 100% de los linajes de cromosoma Y de la población ibérica fueron reemplazados por migrantes de las estepas euroasiáticas —la misma expansión yamnaya que recorre el resto de esta serie—, impulsada por una combinación de sequía en origen, el caballo y la carreta, el consumo de lácteos fermentados, y poblaciones neolíticas europeas ya debilitadas por brotes de peste.
Fuentes: Nature — fósiles de Jebel Irhoud, Science (2019) — historia genómica de la Península Ibérica.
Para profundizar más: el informe completo, con los trece hallazgos.

