Estudios de Historia

Psicohistoria: qué es y por qué sigue siendo un campo de estudio discutido

La psicohistoria propone algo tan sencillo de enunciar como difícil de demostrar: que buena parte de las guerras, revoluciones y estilos de liderazgo de una época tienen su raíz en las emociones inconscientes y en las prácticas de crianza de las generaciones que las precedieron. No es una escuela unificada ni una asignatura consolidada en las universidades, sino una tradición de investigación que combina psicoanálisis e historiografía, con figuras que van de Sigmund Freud a Erik Erikson y, sobre todo, al politólogo y psicoanalista Lloyd deMause, el autor que más lejos llevó la idea de convertirla en disciplina propia.

El propio Freud ya había ensayado el método antes de que existiera el término: en «Tótem y tabú» buscó el origen psicológico de la ley y la religión, y en «Moisés y la religión monoteísta» aplicó ese mismo análisis a un pueblo y su fundador. Erik Erikson, por su parte, prefirió no institucionalizar el campo como una disciplina aparte, pero fue quien creó el subgénero de la psicobiografía con obras como «El joven Lutero», donde explica la Reforma protestante a partir de la crisis de identidad de un Lutero joven.

DeMause fue más lejos: sostuvo que existe una evolución progresiva —aunque irregular— en la capacidad empática de los padres a lo largo de la historia, y que las heridas emocionales de la infancia de una generación se convierten, décadas después, en la política y los conflictos de la siguiente. Fundó en 1973 The Journal of Psychohistory, la revista decana del campo, y con ella The Association for Psychohistory, que sigue publicándola hoy.

Ahora bien, esta ambición de convertir la psicohistoria en disciplina propia nunca llegó a consolidarse dentro de los departamentos de historia. Historiadores como Hugh Trevor-Roper o Lynn Hunt cuestionaron desde los años setenta que sea posible verificar interpretaciones psicoanalíticas sobre personas que ya no pueden hablar por sí mismas, y otros psicohistoriadores más próximos a la corriente académica, como Thomas Kohut, distinguieron entre la erudición seria del campo y una vertiente más sensacionalista, centrada en lo patológico antes que en el rigor documental. Ese debate sigue abierto, y es justo esa tensión —entre una hipótesis sugerente y un método difícil de contrastar— lo que hace de la psicohistoria un terreno que merece leerse con las fuentes primarias en una mano y la crítica académica en la otra.

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